Buscando un cambio de 180º he aquí que me fui a la India. Empecé a perderme por el mundo y creo que ya debe ser vicio. Sígueme si quieres ver a donde me lleva esta aventura.
Vuelo de Madrid a Bolonia, autobús del aeropuerto a la estación central, para luego coger el tren destino Venecia. A veces, resulta increíble lo bien conectado que está el mundo.
Francesco estaba esperándome al llegar. Da gusto llegar a Italia y que te lleven a comer pizza al restaurante favorito de alguien. A veces, no tener que tomar decisiones, dejarse llevar a lo que otros buenamente decidan, termina siendo idílico. Es probable que no hubiese ido a Padova por ser un viaje tan exprés, queriendo disfrutar de más tiempo en Venecia. Me deje llevar a un itinerario que dio como resultado algo diferente de lo esperado e igualmente maravilloso.
Pequeña casa campestre al lado de la Riviera del Brenta, ardo en deseos de volver a recorrer los canales en lancha motora un verano.
Padova me encantó. A pesar de esas lindas calles, esas plazas, esos palacios... dos cosas caben destacar: la Basilica de San Antonio y la Capilla de los Scrovegni. La primera tiene esos preciosos techos. La segunda está increíblemente pintada cuando en realidad parece esculpida en mármol, además ese color azul tan intenso es tan sugerente.
Venecia, un sueño hecho realidad. A veces la realidad no superaba a la idealización de años y años, y en otros casos se quedaba corta. Volveré eso seguro y antes de lo que hubiese pensado.
Los canales, esos rincones de color, rincones de tanta belleza que parece irreal.
Esos pequeñas tascas donde te dejan sacar la bebida y de las que puedes disfrutar de maravillosas vistas como uno de las del astillero.
El carnaval empezaría con el vuelo de la Colomba sobre la Plaza de San Marco que tenía un poco de aqua alta.
Seguida por la caza de las fotos de esos bellos disfraces, sintiese uno como un paparazzi, ellos como una atracción turística.
El de repente llegar a la antigua pescadería e encontrarse con una justa de duelo de espadas, seguida de un intenso golpeo de tambores al puro estilo medieval y terminando con un clown con mucho estilo. Daba gusto sentirse entre gente que disfrutaba el carnaval tanto como una misma.
Tras ver el escaparate de tres tiendas y de tener una especie de revelación, decidí ir a buscar mi estilo de máscara. Hace algunos años recibí una mascará clásica, qué es simplemente perfecta, sin embargo mi yo de ahora tiene esta pequeña inquietud acerca del ying y el yang de la naturaleza y lo industrial. Hice realidad mi fantasia y la bioNikita, o mujer bioNica andaba por las calles siendo observada por la gente de alrededor como un bicho raro.
Al caer la noche, cogeríamos una lancha que me daría una idea de la belleza de la Notte Veneciana. ¡Qué pena que se acabé el día! ¡Qué pena que se acabe la visita!
En el Castello hubo un bellísimo espectáculo de fuego seguido por sus fuegos artificiales. Me encanta lo alternativo, lo circense.
Fin de semana de ensueño, rozando limites de comunicación, de sensaciones, de experiencias, de grandes cambios de humor y sin embargo... Ludovico Einaudi - Walk.
Llegaría a Serrat, en el Valle de Nuria, después de un trayecto en ave hasta Barcelona, un cercanías a Ribes de Fresner y un breve paseo en coche. Siete horas después de haberme escapado del trabajo, llegué a los Pirineos catalanes y allí me hicieron una pregunta:
- ¿Qué has pensado hacer estos días? - Respirar.
El tiempo no podría ser más propicio: un precioso día soleado, seguido por uno con nieve, otro despejado y uno con un viento de muerte.
Pequeño paraíso invernal la casa de aquel chico que conocí en mis aventuras por Asia, Dani. Por aquel entonces era Febrero de 2013 y estábamos en El Nido (Filipinas), casi dos años más tarde nos volvimos a ver, en un medio completamente distinto, el suyo.
- No recordaba que fueses tan bajito dije (midiendo él tanto como yo).
Ese increíble ascenso hasta Nuria por un camino sin transito en invierno. Tratando de esquivar los arboles, que tumbados, cortaban el camino, a veces incluso gateando. Por supuesto, al llegar a la cima los pantalones que se me habían mojado al contacto continuo con la nieve de las ramas, habían tenido tiempo más que suficiente de congelarse y con el calor de la estación de sky a volver a humedecerse. La conclusión obvia hubiese sido catarro y sin embargo mi salud, después de dejar la nube tóxica de Madrid, era excelente. Ese despertar encontrándose todo nevado. Ese leer al lado de la ventana mientras nieva fuera y estar arropado por la manta. Ese no más que hacer que ocuparse de hacer la comida a alguien cuando llegué. Ese paseo por el pueblo de Serrat, explorando la vida payesa, disfrutando de la calma, de la nieve y jugando con una cámara. Esa agradable compañía, convivir, el pensar en otros, no preocuparse, dejar que el tiempo flote y que el reloj no importe. Contemplar el fuego.
Esa buenísima comida que tanto añoro de cuando en cuando, y ese idioma que tan bien comprendo y que se resiste a salir.
Si el día de la marmota llegase, ése en el que te despiertas siempre en el mismo día y pudieses hacer mil cosas diferentes y el mañana nunca llegase, si tuviese que vivir en una bola de cristal de esas que tienen nieve dentro, rogaría porque me ocurriera en Esslingen. Si pudiese revivir un fin de semana en mi vida, ése sería el primero de la lista. Hay veces que uno quiere hacer que pare el tiempo, allí no hubiese podido parar un sólo instante ya que en conjunto fue sublime, pero me gustaría quedarme congelada en un bucle que me permitiese revivir esos días de tanto en cuando.
Si la felicidad pudiese ser capturada, Esslingen fue mi sitio.
Stephan me recogió en el aeropuerto, haha, no recordaba que fuera tan alto. Llegamos al aparcamiento e increíblemente me estaba buscando con un bonito autobús. ¡Yo quiero uno! -me repetía en mi fuero interno. Era tan acogedor, como estar en India y Nepal. Perfecto para perderse por las carreteras del mundo, si no tienes prisa claro.
A entrar en la casa de Stephan, sentí como si el lugar no pudiese real, que debía de haber algún pliegue espacio-temporal que hacía que un lugar semejante existese. Todo lo cool lo tiene Stephan, lo ha coleccionado durante sus años yendo y viniendo por el mundo. Me sentía en un museo con toda clase de rarezas que uno desea poder contemplar todos los días de su vida. La sonrisa no se me podría borrar ni queriendo... y de repente esas cervezas fresquitas.
Bajamos al mercado medieval y nos metimos en las cubas de los baños medievales. Increíble encontrarse a las 21h, a unos 12º, en mitad de Esslingen, en una de sus plazas más populares, en mitad del mercadillo medieval donde todavía había gente, desnuda en un tonel de madera entre agua calentita, bebiendo glubwein y haciendo amigos. ¿Cómo narices se le puede a uno borrar la sonrisa de la cara?
Paseo entre las callecitas antiguas de una preciosa ciudad alemana, adoro esa arquitectura. A veces sentía que ya había estado allí, una y mil veces antes, y no. Tan parecido a Aachen y tan distinto. Día largo y aún así tan a gusto que no apetecía dormir. ¡Jo, cómo me gusta la cerveza alemana! ¡Qué cama más cómoda!
Despertarse con el sol, y no cuando despunta sino cuando ya lleva un rato en lo alto. Ese té en la cama mirando una vez más lo irreal del lugar donde me encontraba. Delicioso desayuno tardío de brezels con cualquier cosa y huevos pasados por agua “a la nuevas tecnologías”.
Tarde nos pondríamos en camino a Bad Urach, no podía estar más feliz de subirme de nuevo en el Ford e internarme en la campaña alemana. Quizás demasiado tarde, aunque siempre en el momento idóneo, dimos un paseo por un robledal que aún mantenía sus hojas sólo para darme la sensación de otoño y olvidar de nuevo el invierno. Jo, he echado tanto de menos el verde y los bosques de Monschau.
Entonces es cuando se antoja un chocolate caliente con nata como en los antiguos tiempos, y todo lo deseado se vuelve realidad: chocolate con Amaretto, obnubilados por el fuego de la chimenea en uno de los puestos del mercadillo medieval.
Paseamos contemplando los puestecitos, admirando esas artesanías que tanto me gustan. Jugamos a los bolos tratando de aplastar huevos, estuve mucho más cerca de ganar que Stephan. Ese delicioso vinomiel fresquito.
Todo es exponencial, nada puede ir a menos. Mentalensauna para escuchar el río y los pajaritos a 65º, sauna de carbón para meditar a 85º, piscina exterior con hielos para bajar la temperatura del cuerpo, jacuzzi con geniales burbujas, piscina, hamman, sauna de chimenea a 85º para acabar asándose y de nuevo a la piscina exterior. Casi me desmayo en la tumbona. Doce ridículos euros por 3h. Al estar en la terraza exterior contemplando Esslingen uno se encuentra reflexionando la particularidad de esta bola de nieve donde cada noche te encuentras desnudo contemplando el centro de la ciudad.
Descorchamos esa botella de Albariño de Mar de Frades, la anterior que bebí fue en Hanoi en fin de año del 2012 regalo de Roberto. No soy fan de las burbujas y sin embargo el Riesling, cava alemán, fue espectacular. Para terminar alguna cerveza más.
Desayuno. Paseo por el castillo rodeado de viñedos para terminar en el mercado. Por fin pude tomarme media salchichota alemana con mostaza, algunas compritas que no pude reprimir y ese encuentro con una de las mejores sorpresas del mercadillo medieval.
Tiempo ajustado para llegar al aeropuerto en una preciosa moto que también querría tener, casi queriendo perder el avión. Creo que uno no puede contener más felicidad que la mía esas días.
Los acontecimientos de los últimos días en Somoto fueron haciendo su efecto poco a poco. El cambio de frontera en un lado simples policías en el otro militares, aquel hombre de la gasolinera con la recortada, la cada vez menos disponibilidad de la gente por llevarnos 'A ride'. Quizás los 30 y la auto-preservación, o quizás sólo algo completamente inducido para así no proseguir las aventuras. Sea como fuere, el temor caló. No me atreví a aventurarme sola por los alrededores de Honduras, los autobuses salían demasiado pronto y llegaban demasiado tarde, siempre de noche. Fue la mejor decisión que pude tomar.
Tegucigalpa me brindaría con unos días de reposo, con algunos nuevos amigos bohemios, fiestas todas las noches y la calidez de sentirme como en casa. Fernando nuestro increíble host y persona, Rober tan inocente, Merl@ la artista fumona, Oto el vecino de arriba risueño, y por supuesto, Michaela el alterego que me llevaría a las calles a bailar.
Tegucigalpa era la cosa más temida en mi viaje, y sin embargo, enseguida estaba completamente integrada y sin estúpidos miedos. Quién sabe a veces lo que le impulsa a uno para ser tan descarada e ir a todas las tiendas de segunda mano a probarse vaqueros con esta cara.
Los chicos también se ganaron su comida y vicios a base de pequeños billetes que conseguían en los semáforos. Cada uno a su manera, disfrutando de la capital más peligrosa del mundo -me hace reír, después de mi grata experiencia.
Busqué el billete más barato a un país en el que nunca hubiese estado, Nicaragua era el primero de la lista. Sólo después de haber pagado mi billete, me puse a investigar que podía ofrecerme este país. Descubrí que había volcanes -y también bastante inseguridad.
Llegué con cierta inquietud a Nicaragua, sin ningún plan, y gracias a otros viajeros conseguí sentirme arropada y segura. Pero no buscaba estar con gente, o al menos no al principio. Acabaría conociendo otros viajeros, pero sólo tras un periodo de soledad necesario. También hice un muy buen amigo nicaragüense que me iniciaría en la cultura del país y su comida.
Al final resultaría que Nicaragua es un país sin igual, brilla por su autenticidad. Es sencillo, idílico para viajeros. Todavía no muy turístico y sin duda muy barato.
Hay muy bonitos paisajes, muchos de ellos muy tropicales. Granada y Ometepe serán para mí lo mejor de todo el viaje, allí me sentiré como en casa.
Recién levantada en León, sin dinero y con ciertas obligaciones para preparar mi salida del país (buscar autobús, cambiar dinero). Viéndome sin ganas de obligarme a hacer nada, la opción de Alex y Pedro era tentadora. Ni siquiera pregunté, sencillamente les informé de que les iba a acompañar.
Dejamos León andando hacia la salida del pueblo y sacamos dedo. Un reverendo inglés que iba dirección Matagalpa nos recogió y nos dejó a mitad de camino, un poco más tarde nos recogería un autobús de universitarios de Estelí, y para terminar acabaríamos ya de noche en Condega. Siendo de noche decidimos pernoctar en la zona, a pesar de no estar a más de 20Km de nuestro destino.
Zayda abrió la puerta de su casa tras un rato de dar palmas. Nos hizo pasar, le preguntamos si no le importaba que acampáramos al lado de su casita, nos ofreció café, nos dio de cenar la que sería nuestra bien merecida comida-cena, y al final nos ofreció un precioso cuartito resguardado de los vientos y ruidos de la Panamericana con un hermoso colchón. No cabía en mi de gozo de vernos con la fortuna de poder vivir esta experiencia, de conocer a gentes tan generosas. Pensando ya que el café no me dejaría dormir, fue poner una película y quedarme completamente dormida.
Siempre es extraño despertarse en casa ajena, pero al cabo de un rato estábamos igual de cómodos que la noche anterior. Viendo al precioso guacamayo comer maíz, al crío corretear por el patio y con ese delicioso desayuno de frijoles con crema agria. Fuimos a ver una de las parcelas de la familia, a darnos un pequeño paseo entre esas plantaciones tan diferentes e iguales a las de España. Costó la decisión de volver salir hacía la carretera y abandonar a nuestros anfitriones de tan bien que nos trataban.
Un par de coches y llegábamos a Somoto. ¡Cómo puede ser que en todas las principales plazas de los pueblos tengan wifi y aquí no? Conocimos a Virginie, una voluntaria canadiense de Quebec de la zona, una couchsurfer.
La recepción fue con una maravillosa barbacoa en algún lugar perdido de los alrededores de Somoto. Mi primer Ron Plata y ese rico pollo, rebañando hasta los huesos.
Al oscurecer decidimos ir al pueblo a jugar al basket en la plaza. Entonces ese chico borracho vendría a interrumpir nuestra armoniosa velada fardando no sé qué de las maras. Pegaría a Virginie. Se asustaría de Alex y Pedro. Se caería. Se partiría el labio y perdería tres dientes. Virginie fue a denunciarlo a la comisaría acompañada de Pedro. Alex y yo iríamos al hospital para que nos se escapase el pillo. Se lo llevaron detenido y dormiría en el calabozo.
Tras un perfecto día de lectura y descanso, fuimos al cañon de Somoto. Nos saltaríamos los controles y llegaríamos por nuestros pies hasta el fondo del valle. Chapoteamos un buen rato entre piedras y disfrutamos de ese pequeño sitio apartado de la humanidad. Hubiese sido genial ir equipados como para recorrérnoslo entero.
Deliciosos peces con todas las variedades de especias del mundo y más. ¡Qué majetes sois, chicos!
Al llegar a León, tenía muy claro el lugar donde iba a dormir: Los Flamenco's. Al llegar me vi sin cama por haber hablado de este lugar a unos chicos en el autobús, ¡me dejaron sin cama! Rodolfo me ofreció la hamaca, y por su gran boca y mi gran cara, al final fue él quien durmió en la hamaca y yo en su colchón.
Salí a recorrer el centro de León al atardecer, esa preciosa catedral con las esculturas de Ruben Dario. Viendo la puesta de sol sentada en la plaza de la catedral, Los chicos que vendían helados me rodearon y por mi simpatía me gané un helado gratis.
En el autobús había reencontrado a aquel backpacker de 80 años con el que tan cortamente había conversado en Ometepe, fui a buscarle a su hostal para conocer su historia. Tomamos una birra en Lazy Bones, un hostal con una pinta increíble, y luego fuimos a cenar a un chino. No fue mi intención que pagara en ningún momento, mas me deje llevar.
Por la noche había un desfile con carrozas por las fiestas universitarias de la chica Cuun, nos metimos en todo el medio el mogollón, y yo preocupada por ir con una persona tan mayor. Unas latas de cerveza bebiendo de las experiencias de lo que una pequeña plaza puede ofrecer en Nicaragua.
El jueves salí dirección Las Peñitas bien prontito, el bolso cargado de mis hobbies y sin embargo sólo estorbarían. Sólo necesité ese pequeño libro de "Historias sobre America" para ocuparme el día. Unos cuantos chapuzones, la lectura, ese delicioso pescado frito, ese atardecer viendo a los surfistas, esos paseos intentando que el tiempo pasara rápido para al fin ver la puesta de sol en Pacifico.
Al final Rodolfo, a base de insistir, me ánimo a salir esa noche a la mega fiesta de la chica Cuun. Increíble música, extrañísima experiencia por la cantidad de variedad musical: techo-industrial, rock español(Héroes del Silencio y Mago de Oz) y ese regetón con el que todo el mundo andaba magreándose. Me robaron de los bolsillos todo el dinero y casi la cámara. Sin embargo, me sobre puse y me lo pasé estupendamente.
Regresé a Granada, a disfrutar una vez más de sus calles bulliciosas, del mercado y de la compañía de Valentín. Poco a poco, cada día aprendiendo algo nuevo de Nicaragua y sus gentes.
Jacuzzi time in the middle of the raining season, leyendo un libro. Ese atardecer desde el campanario de la Iglesia de nuestra Señora de los Mercedes.
Esa sabrosa cena de Frito en el malecón de Granada, el raspadito y los paseos. La flaqueza del tiempo queda atrás.
El volcán Masaya. Sus increíbles guarda parques tan repletos de información. Su increíble caldera emanando azufre constante, la boca del infierno de la antigüedad. Desolación, muerte.
Ese delicioso Bigorón en el Parque Central donde conocí a Sonia que me llevaría a moler cacao.
El volcán Mombacho. Su horrible ascensión por carretera tan lejos de la verdadera naturaleza. Sus increíbles vistas, Granada y las isletas. Resurgimiento, vida.
El mirador de Catarina desde donde se contempla la Laguna de Apoyo, Granada y el lago Nicaragua.
Esa cenita en el mercado de Masaya catando las delicias porcinas del país y los néctares del maíz.
Esa increíble conversación entre tan diversas culturas y generaciones, sintiéndose uno como en casa.
Llevaba un par de días en Granada apenas sin energía por el trabajo, agotada de tanto calor y con un yetlag terrible. Pensé qué si realmente quería descansar porqué no hacerlo en aquella isla de la que tanto había oído hablar. En Granada las fuerzas mermaban cada vez más.
Cogí el autobús a Rivas y en San Jorge el ferry. Qué increíble fue ver la isla de Ometepe por primera vez, qué increíble ver dos volcanes cuando sólo esperaba uno, qué increíble es no tener ni idea de a dónde vas… y llegar al paraíso.
Durante la travesía en ferry estuve hablando con varios locales, para tener información sobre mi próximo destino. Al llegar agarré el bus que iba de Moyogalpa a Altagracia, en Quino bajé. Al ser un día de fiesta, ya no había autobuses, y encima, se había hecho de noche. ¡En Nicaragua de noche en mitad de ningún lugar?
La vida me sonríe. Había conocido a un local en el autobús que iba en dirección hacia donde yo pensaba ir, así que decidí seguir con él hasta mi destino. De nuevo dejándome llevar. Unos 8Km más tarde, harta de la mochila, de los mosquitos y de las rozaduras, me daría por rendida y acabaría en el Hostal Istían. No había camas en el dormitorio principal, pero jugando ‘el comodín’ conseguí un dormitorio. Estaba completamente nuevo, dormiría 2 noches a un precio ridículo. La vida me sonríe.
Por fin ‘la grosse matine’, dormí hasta las 11h y me sentía casi recuperada. Salí a correr a las horas de más calor, pero no importaba. Estaba como quería, donde quería. La gente miraba desde sus casuchas a esa chica blanquita con sus pantaloncitos rojos que corría escuchando música. Fue una bonita manera de recorrerme la zona de la isla del volcán Maderas. Terminé haciendo mi tanda de flexiones y abdominales encima del techo del barco oxidado de la playa. Desayuno en el porche, lectura ligera (La transformación de Frank Kafka), iniciación a la pintura, cariocas, música de la buena, visitas de la gente local… A eso yo le llamó un perfecto comienzo de las vacaciones -aunque lloviese de tanto en cuando. El atardecer, como todos en la isla fue magnífico y la cena estuvo aderezada con mosquitas.
Las malas comunicaciones hicieron que tuviera que interrumpir radicalmente mi descanso para ir hasta Mérida. Cuando el sol estaba en su cénit, conseguí que alguien se apiadase de mí. Un hombre que aparentaba los 40 y tenía 70, me llevó cargada hasta los topes en moto por esas semi carreteruchas. El reencuentro con Gemma, mi compañera de aventuras fue de lo más curioso.
Dimos un paseo entre aldeas y chozas, una televisión de tubo en mitad de ningún lugar cubierta por un techo de hojas de palmera, la lluvia cayendo de todas direcciones según soplaba el viento.
Esa playa y la isla de los monos. Qué apacible todo. Ese atardecer en el muelle y las nubes. Apena no haber tenido más que una mísera tarde para estar en Mérida, no pudimos ir a la cascada de San Ramón.
Cenamos bastante pronto, pero parecía muy tarde. Una “Paris Hilton” dormía en nuestro dormitorio y tuvimos el morro de dejarla sin ventilador. Lo peor fue que a las 4h se lo pusimos de nuevo y hacía un frío que pelaba, pero un trato es un trato, ¿no?
Objetivo 29, día 20 de Noviembre de 2014, ascensión al volcán Maderas.
Nos levantamos a las 4h30, para coger el autobús de las 5h. Entre niños, con la canción de Titanic de fondo, viendo el paisaje pasar de la oscuridad total, al gris y al naranja.
A las 6h30 salimos del hotel y nos dirigimos hacia la base del volcán para iniciar la subida, allí encontraríamos a un guía -él nuestro nos dejó plantadas. La motivación no falta a uno cuando está descansado, pero poco a poco la energía baja, las piernas se cansan de la constante subida, las rodillas y los gemelos duelen, la mente empieza a pensar: - por qué carajo una es tan estúpida con lo bien que se está sentada en el sofá de casa.
Objetivo 29, dejar los 29 haciendo algo increíble. Increíble fue subir 4h, increíble fue bajar 4h, increíble fue estar 8h debajo del agua. Increíble las cascadas de barro a la ascensión, increíbles los ríos de lodo a la bajada, increíbles el peso de los pies transportando los sedimentos de la base al cráter y del cráter a la base. Increíble naturaleza: viva, muerta. Increíble sensación de soledad al quedarse atrás -deseando compañía, increíble presión por mantener el ritmo del grupo -deseando quedarse sola. Increíble flexibilidad de movimientos para evitar la caída. ¡Increíble comunión con la naturaleza en estado puro!
Ese estiramiento a la llegada que seguro me salvo de las agujetas. Esa ducha cuando una no puede estar más mojada. Ese frotar ropas, zapatillas, para quitar el barro. Ese pretender que la ropa se sequé con tanta humedad.
Objetivo 30, día 21 de noviembre de 2014, ojo de agua.
Desistimos de nuestro intento de andar entre tanto mosquito. Con el cuerpo completamente fuera del autobús, y agarradas sólo por la fuerza de la voluntad, llegamos al Ojo de Agua. No había nadie a la llegada, incluso daba pena irrumpir las preciosas aguas turquesa.
Día de refrigerio, descanso. Sol y agua, pereza y actividad. Día perfecto, disfrutando ‘a tope’ de la vida.
Dejaríamos la zona de la depresión de la isla para acercarnos más a su otro extremo, Concepción. Al llegar a Moyogalpa fue sorprendente encontrar en nuestro hostal a una niñita que cumplía años ese mismo día. Tuve mi pedazo de pastel y algunos regalos en forma de chuchería.
Me gustó estar en Moyogalpa, el supermercado, las tiendas, el puerto, el parque con su pirámide maya. De estar en plena naturaleza a volver a lo artificial, y sin embargo no fue un cambio tan drástico.
Esa cena de pasta con salsa de ¿queso?, las cervezas con clamato y la pequeña velita dando ambiente en mitad del apagón.
Objetivo 30+1, día 22 de noviembre de 2014, concepción.
En la ascensión de Concepción estaba harta. La naturaleza no era tan increíble como en maderas y el terreno de sedimentos era mucho más inestable. Un paso de ascensión era el equivalente a ¾. Encima los chicos estaban aún más en forma y yo me quedaba muchísimo más atrás. Mi mente rompió mucho antes que el cuerpo.
Sin embargo, llegamos a los 1000m en un santiamén. Hacia un viento increíble y la visibilidad era nula. De hecho, creo que hubiese seguido ascendiendo si hubiésemos podido, pero sólo por coleccionismo, no por estar disfrutándolo. Cuando empezó a llover y el guía estaba tiritando tanto que decidió empezar el descenso, me sentí TAN contenta.
Recorrer las faldas del volcán cruzando ríos de lava seca, viendo las zonas de derrumbe, sus estratos. Recogiendo piedrecitas aquí y allí. Casi en la base, paramos unos 40min en un claro de la selva donde pudimos estar rodeados de monos aulladores, increíbles aullidos. ¡Hicieron pis y caca delante de nuestros!
Una bien merecida cena por la noche y la genial compañía del grupo. La despedida pues cada uno iría al día siguiente por su lado.
Tratando de llevar atrás mi memoria, me doy cuenta de que este comienzo de viaje no es tan diferente de otros. Me siento exhausta, agotada. La pregunta clásica a está alturas es, ¿me estoy haciendo mayor? La respuesta es: hace dos años, al emprender mi largo viaje por Asia, estaba bajo las mismas condiciones. Apenas puede alimentarme ese primer día.
La vida me sonríe, como siempre. Desde el capitán de barcos mercantes, que estaba sentado a mi lado de Madrid a Panama; hasta la mujer del avión de Panama a Managua, que tan amablemente se preocupo al verme andar sola y trató de darme toda la información necesaria para mantenerme a salvo; como aquellos 4 chicos de Coruña, que me ofrecieron su transporte del aeropuerto a Granada; a el conductor de la van a Granada, que me acompañó a varios hostales hasta encontrar plaza en uno; a ese niño con tanta coba en el mercado, que me hizo sentirme tan a gusto que me quedé dos horas sentada haciendo mis pulseras; aquel muchacho de la ferretería que me llevaría a visitar la ciudad y los alrededores del lago desde su furgoneta mientras caía un chubasco de miedo. Valentín fue el mayor descubrimiento de todos, un gran corazón, un gran amigo y un perfecto guía.
Agotada, mas feliz.
El hostal Las Mochilas me acogió en mi segunda noche y me dio esa primera amistad de viaje, Gemma. Nos miramos y al segundo ya estábamos charlando. Me da la sensación de que al andar sola viajando soy yo quien provoca esas conversaciones, quien las busca. Esta vez no sé muy bien si fue así, andaba buscando tranquilidad, incluso soledad. Sea como fuere, yo al limite de mis energías y Gemma emocionalmente exhausta encajamos sin más.
Fuimos a dar un paseo por alguna de las zonas que yo aún no conocía de Granada, aventurándonos por barrios casi marginales y al fin llegando al Paseo del Lago. Se puso a llover, a jarrazo limpio. En mi vida había estado debajo de tanta lluvia, el diluvio universal bien podría ser aquello. Los lugareños continuaban pidiendo sus helados y lamiéndolos a gusto. ¿No se suponía que la época de lluvias tocaba a su fin? No quise creer que aquello duraría hasta Enero y que me había equivocado de fecha en visitar el lugar.
Tras un buen rato tratando de mantenernos a resguardo y ya completamente caladas, decidimos ponernos en marcha hacia el hostal. La pobre Gemma iba tapándose los pechos, la camiseta se le transparentaba y los muchachos trataban de mirar con vista de rayos x.
Cenamos en el hostal y nos dispusimos a contarnos nuestras vidas tomándonos unas latas de cerveza Toña,.Valentín, el perfecto galán Nicaragueño, vendría al rescate a sacarnos a dar una vuelta y a hacernos disfrutar de la noche Granadina. Unas Victoria en la calle principal y una conversación enriquecedora son los recuerdos que guardo de aquella noche.